Batalla de Somosierra

«¡No lo matéis, que es de Logroño!»

TEXTO: LUIS SÁENZ GAMARRA

SOMOSIERRA, JULIO DE 1936 - PRISIÓN DE ALICANTE, 29 DE MARZO DE 1939

Esta es la guerra de Justo contada por él mismo: «Hacía la mili como voluntario en el Regimiento de Infantería Bailén, 24, de Logroño. Había nacido aquí, Y mi padre me alistó voluntario para que fuera haciendo la mili. Tenía 19 años de edad, era alto y bien parecido, está mal que yo lo diga…».

«El día 20 de julio supimos en el cuartel que íbamos a Madrid, a tomar Madrid, nos dijeron los oficiales. Bonito viaje… Antes, meses antes, un rumor de descontento, de lucha de clases, de violencia y odio se expresó en unas elecciones que ganó el Frente Popular. Era febrero de 1936 y se quemaron conventos en Logroño. Se barruntaba la revolución.

«Todo el mundo se afiliaba a partidos, a sindicatos; muchos obreros a la CNT, otros a la UGT. Yo iba sintiendo aquella confusión, y me hice falangista. Los ideales de Falange Española creía que podrían arreglar el país. En Logroño la mayoría de los militares siguieron a Mola, que estaba en Pamplona y era ‘el Director’. El general Emilio Mola declaró el estado de guerra el 17 o 18 de julio, con amenazas aterradoras. El 20, a la tropa del Regimiento de Infantería Bailén nos montaron en camiones. Íbamos confiados, cantando a ratos, seguros de tomar Madrid. En otros camiones y autobuses que pasaban por Logroño iban carlistas que venían de Pamplona, navarros feroces, y algunos chicos riojanos se subían a los vehículos para tomar Madrid con los requetés. No se imaginaban lo que les esperaba, nadie se lo imaginaba. La gente estaba enardecida, las mentes sublevadas».

«Nos llevaron a Burgos, donde hicimos noche, mal-dormimos. Al día siguiente, acomodados en las bancas de los camiones, saltando los baches de aquellas carreteras, paramos en Lerma, en Aranda de Duero y en Cerezo de Arriba, allí pernoctamos. Éramos todos muy jóvenes, los infantes del Regimiento Bailén».

«En la madrugada del 23 de julio iniciamos el avance hacia el puerto de Somosierra. Serían las 8 de la mañana cuando se produjo el choque contra fuerzas republicanas. Se oyen tiros, y nosotros subimos por la ladera hacia el puerto. El combate duró dos horas y los soldados ‘nacionales’ de mi regimiento alcanzamos el objetivo, la cumbre del puerto. Apenas habíamos llegado al alto y nos vemos rodeados de enemigos que inmediatamente nos hacen prisioneros. Fue sorprendente, de haber alcanzado la posición enemiga a ser apresados. Vigilados por milicianos, fuimos cacheados, e inmediatamente interrogados: nos preguntaron por las rutas que habíamos seguido desde Logroño, el número de soldados atacantes...».

Batalla de Somosierra: en su primer combate, Justo fue hecho prisionero y condenado a ser fusilado

«Presos como estábamos y vigilados de cerca, nos sorprende a todos el estallido muy próximo de obuses de artillería. Inesperado bombardeo que siembra de explosiones la montaña y nos obliga a huir a todos. Yo salí corriendo con dos compañeros, por más señas requetés y de Viana. Nos escondimos en una casucha llena de paja, y allí nos metimos. Pasaron las horas y a los tres nos venció el sueño. Dormimos tanto que cuando aparece en la casa una patrulla de republicanos somos sorprendidos durmiendo, dos chicos de Viana y yo. Nuevamente nos apresan y trasladan hasta donde está el grueso de la tropa republicana. Tras un simulacro de juicio nos condenan a muerte y enseguida somos llevados atados hasta el lugar de la ejecución y donde está formado el pelotón de fusilamiento. Un oficial se apresta a dar las órdenes».

«Ante la muerte algunos rezaban, otros imploraban clemencia o lloraban. Enfrente, los fusiles a punto de hacer fuego. No hay perdón, nos iban a matar. A la voz de ‘!Carguen¡’ un soldado republicano grita: «¡No disparéis! », «¡No disparéis que a ese le conozco, es de Logroño, obrero y buena persona!». Y me señala a mí con mucha vehemencia. El oficial da orden de separarme del grupo, soy apartado del resto de compañeros que inmediatamente son fusilados. Yo, gracias a esa intervención providencial, salvé la vida».

«Pero a Logroño llega enseguida la triste noticia de la emboscada que sufrimos en Somosierra, y un testigo cuenta cómo fuimos capturados y pasados por las armas. Las autoridades militares dan como baja al soldado Justo Rodríguez González. Gran consternación de mi familia y amigos, con sólo 20 años y muerto en la primera escaramuza de la guerra. En el periódico ‘La Rioja’ y en otros medios se inserta mi esquela mortuoria: Justo Rodríguez González, soldado del Regimiento de Infantería Bailén número 24, murió gloriosamente defendiendo la Patria en Somosierra, en el 23 de julio de 1936, a los 20 años de edad».

«Pero yo estaba vivo, en Madrid, y encarcelado en el Colegio de los Escolapios, prisión provisional a donde me enviaron. Durante meses de incertidumbre conviví con el miedo y el hambre. El ilustre literato y famoso dramaturgo Pedro Muñoz Seca estaba encarcelado allí y de allí fue sacado una noche y fusilado en Paracuellos del Jarama».

En la peripecia de nuestro hombre hay otro recuerdo agradecido. «En esa prisión de Madrid tuve la ayuda –él dice que angelical–, de la Cruz Roja Internacional. Ellos pasaron informes a mi familia, en Logroño, que atestiguaban que yo vivía. Aún así mi madre decía que no creería que su hijo Justo estaba vivo hasta que no lo tuviera entre sus brazos».

«Más tarde fui trasladado a la cárcel de Alicante. Allí pasé casi tres años, conviviendo con gentes como Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio, o el sacerdote Pablo Rubio, que años después fue director del instituto Sagasta de Logroño. En la prisión de Alicante permanecí hasta el 29 de marzo de 1939, dos días antes de proclamarse la victoria de Franco y el famoso último parte de guerra».

Con la paz cayó sobre España una negra nube que cubrió a los perdedores, entre ellos se contaba el soldado republicano que al grito de «¡No disparen, ése es conocido mío…!», había salvado la vida de Justo.

En plena post guerra, la madre de este soldado, acude a la madre de Justo, a quien conoce y le pide que, desde su posición en el bando ganador, interceda por su hijo, que padece prisión por militar en el bando ‘rojo’. Justo se apresura a interceder por su salvador, escribe cartas, hace gestiones ante las autoridades de la Nueva España, y consigue que la pena de prisión que padece le sea muy rebajada.

«Pasado el tiempo el azar quiso que nos encontrásemos ese paisano providencial que me salvó la vida y yo. Nos encontramos, ambos libres, en un bar que había enfrente de La Granja, en la calle Sagasta. Nos dimos un abrazo largo y fuerte, y recuerdo con absoluta emoción que él me dijo: «Justo, de la guerra nada».

«Me di cuenta de hasta qué punto el afecto y la hombría de bien están por encima de muchas cosas. No renuncio a mi actuación política porque con una gran sinceridad me movía hacia ideales de justicia social y creo que mi militancia falangista estaba en esa línea, mucho más teniendo en cuenta mi humilde extracción social».

Justo González se ha emocionado en algunas fases de su relato, nunca ha perdido un dato a lo largo de una larga conversación. He sentido los testimonios extraordinarios de uno de los pocos supervivientes lúcidos y buenos de la guerra civil. Con esta historia despedimos la serie ‘La mala vida’, sobre sucesos ocurridos en La Rioja.

Navidad de 1938, misa de gallo en la prisión de Alicante

«Pasé tres Navidades encarcelado, en Madrid y en Alicante. En la Nochebuena del 38 pudimos asistir a misa. Un acto prohibido en una cárcel republicana. Pero teníamos al sacerdote, él se agenció un cáliz, que era un bote de leche condensada, y el pan, y el vino, y ofició la misa con la emoción desbordada de aquellos presos, católicos, que llevábamos años sin asistir a ese acto religioso. Nunca olvidaré aquella misa clandestina, en la noche de Navidad».

Ilustración

MANUEL ROMERO

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