La batalla de San Antón

‘La batalla de San Antón’, en la calle de la elegancia

TEXTO: LUIS SÁENZ GAMARRA

LOGROÑO, JUNIO DEL 2005

Nueve de la noche del 24 de junio del año 2005, fiesta de San Juan Bautista. Hacía calor en la calle San Antón y las dependientas, acicaladas y esbeltas, echaban el cierre de las tiendas de trapos. El bochorno amenazaba la clásica tormenta y cuando se esperaban los truenos se desató un disparatado chaparrón de tiros.

El origen del suceso estuvo en la casera del piso tercero del número 20 de la calle de la moda. La mujer insistía en su pretensión de cobrar la mensualidad a sus inquilinos, pero parece que a uno de ellos no le gustaron los modales de la propietaria y arrendadora, ni sus intenciones. La casera quería cobrar, es normal, pero el inquilino persistía en no soltar la panoja, así que organizaron la típica discusión con palabras mayores, amenazas, insultos y griterío estentóreo. Una vecina servicial y voluntariosa, ante el cariz que tomaba la disputa, alertó a la Policía, a la Local, la nuestra, y allí se personaron los agentes para imponer la paz y el orden. Pero miren ustedes la poquísima educación de la gente que, como recibimiento y bienvenida a los uniformados, el sublevado inquilino les lanzó una bombona de butano. Era un proyectil raro, ya lo dijo un agente, pero no dejaba lugar a dudas: el moroso quería pelea. «Si quiere guerra, villano-traidor, la tendrá », susurró un poli. Y efectivamente, la hubo.

La persistente agresividad del individuo, obligó a nuestros policías a pedir refuerzos, pero la munición no se le había acabado al agitado inquilino y, al notar el despliegue policial, se envalentonó y nuevamente les lanzó otro pepinazo bucanero, o butanero.

Pero la estrategia la tenían los polis muy bien memorizada: mientras algunos intentaban distraer al agresor, dos de sus compañeros subieron por la escalera hasta el tercer piso. El inmigrante e inquilino furibundo apareció en el descansillo armado con dos cuchillos de cocina. Uno de los agentes, que había subido pistola en mano, disparó al individuo y, creyendo que le había acertado, lo dio por abatido. Una conclusión totalmente precipitada, pues décimas de segundos después el furioso inquilino, inmigrante y moroso, se incorporó como un auténtico energúmeno y arrolló a los dos integrantes de la patrulla policial que rodaron por las escaleras. El agresor, que tenía unos reflejos de pantera, blandiendo uno de los cuchillos logró hacerse con la pistola de uno de los agentes y con ambas armas en sus manos persiguió escaleras abajo a los polis.

Una vez en la calle, y mientras varios efectivos policiales intentaban poner a cubierto a los numerosos testigos del suceso, el moro feroz, y ahora pistolero, comenzó a disparar con la pistola robada a los policías, que repelieron la agresión con sus armas reglamentarias.

A partir de ese momento se desencadenaron los hechos a una velocidad tan vertiginosa y peliculera que los curiosos que paseaban por la zona comercial no lograban aclararse de lo que sucedía. La mayoría se tiró al suelo o huyó cobardemente del escenario del tiroteo: la selecta calle San Antón se tornó en la avenida más peligrosa del Rioja; los tiros volaban, la bombonas planeaban, los vecinos se atropellaban en su afán de huida.

Los proyectiles taladraron los escaparates, los disparos a veces daban en el blanco, quiero decir en el cuerpo del agresor, pero otras veces iban a morir, las balas, en las fachadas de honorables comercios o en la carrocería de vehículos aparcados correctamente. Finalmente algunos polis se sujetaron el pulso, apuntaron serenos y le metieron hasta seis proyectiles de bala en el cuerpo del que llamábamos inquilino furioso, y ahora delincuente acribillado, aunque como los de la local no dispararon a matar el herido no tuvo afectado ningún órgano vital, aunque sí tuvo muy afectado todo lo demás.

La ‘la batalla de San Antón’ concluyó con el agresor herido e ingresado en la UVI. Del lado de los agentes del orden, seis fueron atendidos en el Centro de Salud Espartero, tres de ellos por cortes con arma blanca y otros tres por contusiones. Además, varios tuvieron que recibir asistencia psicológica, pues un tiroteo de cerca te pone de baja con los nervios de punta para días.

Viandantes, dependientas o clientas de tiendas de ropa pasaron tremendo susto, pero no se tiene noticias de que sufrieran heridas. La ‘batalla de San Antón’ la perdió la casera
Arrendadora del piso, que aún espera cobrar su renta.

LOS DATOS

Protagonista: Un ciudadano marroquí de 27 años, inquilino del piso tercero del número 20 de la calle San Antón.

Tiroteo: Los agentes recuperaron 20 casquillos de balas. El número de balas disparadas pudo alcanzar más de 60. Resultaron con daños una docena de vehículos como consecuencia de los impactos.

Herido: El ciudadano marroquí que provocó los disturbios fue herido por al menos diez impactos de arma de fuego.

Hospital y prisión: El hombre que atacó a los policías permaneció durante todo el verano en una habitación del Hospital San Millán, después ingresó en la prisión logroñesa hasta su traslado a Madrid.

Policía Local: Seis agentes tuvieron que ser atendidos por heridas, contusiones, cortes y, algunos, por ataques de nervios.

Ilustración

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MANUEL ROMERO

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