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Tata Quintana

La música o la vida

(Logroño)

Cierra los ojos. Cierra los ojos y abre las manos, que dibujan una melodía en el aire, acariciando un pentagrama invisible donde habitan el misterio y la gracia. Abre los ojos y ve San Bartolomé, la plaza donde todo empezó, el local de ensayos, la juventud sin desmayo, refractaria a la idea de que la vida iba en serio. Cierra los ojos y la música se evapora, encerrada en el utilitario familiar convertido en orfeón para las excursiones domingueras, orfeón y caja de ritmos. Tata Quintana cierra los ojos y los vuelve a abrir en Sevilla, la jovencita deslumbrada por el flamenco que cae rendida a la emoción del jazz, el latido infinito de la música en vivo, las noches de Madrid que nunca son iguales.

Canta Tata Quintana con los ojos cerrados y el eco devuelve la voz de mil sonidos, algunos de procedencia imprecisa, la lejana Arabia tal vez, y otros más cercanos porque rebotan contra los adoquines de la misma plaza donde una vez se sintió feliz guitarra al hombro. Las voces y los ecos que tamiza el paso del tiempo y que ella transforma en una suculenta melaza donde vemos fluir los días. La música, en efecto, es la vida. Una vida plena de sentido que acertamos a recrear cuando cerramos los ojos para tenerlos bien abiertos. Cuando las manos mecen el aire y abanican la memoria, cuando se construye una canción ante nosotros. Una canción recién nacida de la nada. Una canción que nos recuerda lo que ya sabíamos: que todas las canciones son de cuna.

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