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Rafael Pérez Foncea

La música callada del poema

(Logroño)

Donde habitan todos los mundos, donde residen la infancia y su anverso, donde anida el paisaje. Donde triunfa la exactitud y el propio yo a veces se encoge y a ratos todo lo invade: el espacio central de la poesía es un cosmos feraz y excesivo, dotado sin embargo de una intimidad sobrecogedora porque aspira tal vez a ser el subconsciente del universo.

Todas esas voces, todos esos ecos transitan por la obra de Rafael Pérez, perfumada por una suave ironía, un humor compasivo que sitúa su poesía a la altura de los ojos del ser humano. Su mirada es personal y al mismo tiempo también es nuestra: se hace presente en el centro del ruedo y desde ahí procura desentrañar el misterio de la vida reflexionando sobre otro misterio, el del tiempo. De sus pesquisas nace una métrica juguetona y feliz, que desprecia lo solemne pero abraza lo trascendente, una métrica que alumbra la auténtica sustancia de cada poema: su música. Pero no una música cualquiera sino aquella que reclamaba José Bergamín cuando toreaba Rafael de Paula: una música callada, que palpita en el interior de cada estrofa y se ofrece como una brújula. Guía al lector por los maestros reconocibles (Machado), la huella invisible de otros (Borges), el son cubano (Alcides) y el aliento de los ángeles tutelares del poeta (Poty, Alfonso, Paulino, los Mangolele), a quienes cita rodeado de vides arrulladas por el padre Ebro. Un paisaje donde sus versos indagan sobre el sentido de pertenencia al territorio, en medio de un anchuroso espacio, con todo el tiempo del mundo.

El tiempo, gran escritor

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