Portfolio

Goodchild

Max Goodchild

El arte de soñar

Una pintura es un largo río tranquilo cuyas aguas pasan sin embargo varias veces por el mismo sitio. Pero la pintura también es un río donde todo fluye. Fluye el ingenio del artista, su talento sensible para capturar los detalles inaprensibles para el ojo humano mal entrenado. La etérea atmósfera que plasma en sus lienzos Max Goodchild, héroe entre los héroes. Porque a la heroicidad diaria del artista en su taller, a solas consigo mismo, a solas con sus fantasmas y sus demonios, a solas con la pura soledad, añade Goodchild la audacia de alejarse de todo. Ser capaz de abandonar y de abandonarse: dejar su país natal y, pertrechado solo con sus pinceles y su valor, alojarse en tierra extraña. Para asomarse al río Ebro una mañana tras otra y ensimismarse pintando cuanto sale de su corazón.

Y pintar lo que fluye de su cerebro. Pinta también Goodchild cerebralmente, así que sus cuadros reflejan esa doble alma: lienzos fríos que de repente adquieren otra condición. Un estatus emocional. Cuadros donde parece que no pasa nada pero sólo lo parece. Pasa por ejemplo el río, metáfora inigualable de la vida. Si es que la vida necesita metáforas. Y cruza por sus lienzos una calma también aparente, que oculta en realidad un incendio. Es un arte en llamas, como corresponde a la mejor pintura. Unas llamas sofocadas, que arden junto al Ebro y se convierten en cenizas en la mirada del espectador. A quien luego le acompañarán durante largo tiempo esas incandescentes imágenes donde la realidad se disuelve y se transforma en lo de siempre: en sueño. La carnosa materialidad del sueño. La pintura de Goodchild camina entre sueños con nosotros. Es un largo sueño tranquilo donde fluye la auténtica vida.

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